Uno de mis libros favoritos es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Leerlo fue una especie de epifanía para mí. Yo, que durante años he buscado respuestas en la espiritualidad, siempre he tenido una relación compleja con la muerte —aunque esa es historia para otro texto. Pero para narrarles un poco, no me causa angustia a dónde iremos
Entonces apareció Didion narrando la muerte de su esposo no desde el dramatismo, sino desde la ausencia cotidiana. Y eso me atravesó por completo. Ella escribía, por ejemplo, sobre el impulso de querer enseñarle un texto para que él lo revisara, o sobre el reflejo automático de pensar en llamarlo por teléfono. Esa forma de explicar el duelo me hizo muchísimo sentido.
He tenido suerte: no son tantas las personas cercanas que he perdido. Pienso en mis dos abuelas, que me marcaron de maneras muy distintas. Pero mi abuela paterna fue, sin duda, la figura femenina más importante de mi vida —si es que esas categorías realmente existen. Me enseñó la bondad, la inteligencia y cierta forma valiente de habitar el mundo.
Y, como plantea Didion, lo que más extraño de ella no son los grandes acontecimientos, sino las cosas pequeñas: jugar cartas, reírnos, comer fruta juntas, discutir sobre política o sobre el mundo, y sentir que siempre tenía fe en mis causas, incluso en las más improbables.
A veces me pregunto cuánto de esa teoría de la ausencia puede trasladarse a la muerte de una relación amorosa. Ya sé: una pareja no está muerta, existe en alguna parte y podrías volver a encontrarla. Pero el sentimiento de ausencia puede sentirse igual de devastador. Es un vacío físico, una especie de hueco en el estómago que cuesta muchísimo explicar.
Y aquí quiero entrar a un tema quizá un poco controversial. Aunque, siendo honestos, no creo que demasiada gente lea este blog, así que aprovecharé para decir lo que pienso.
¿Qué pasa hoy con las ausencias digitales?
Porque gran parte del acompañamiento emocional contemporáneo sucede a través de una pantalla: ese mensaje especial antes de dormir, las conversaciones profundas —aunque no recomiendo abrir el alma demasiado rápido a alguien que apenas conoces—, las rutinas compartidas, los memes, las risas, las notas de voz, las fotografías espontáneas. Y en mi caso, también, la búsqueda de una conexión intelectual profunda.
Entonces pienso en la famosa taza de Didion, esa taza que le dolía porque ya nunca volvería a ser usada por su esposo. Y me pregunto si hoy nuestros celulares funcionan un poco como esas tazas. Abrimos conversaciones antiguas, buscamos un mensaje específico, releemos palabras que ya no volverán a llegar. Los teléfonos se convierten en pequeños archivos de ausencias.
Hoy tuve una conversación larguísima sobre la corporalidad. Una persona muy seria de la psicología sostenía que una conexión espiritual verdadera solo puede construirse desde la presencia física, desde el cuerpo.
Y no estoy segura de creerlo.
Yo sí pienso que dos almas pueden encontrarse desde la intelectualidad, desde las palabras, desde la imaginación compartida. El cuerpo importa, por supuesto. Y también habría que hablar del sexo, de cómo atraviesa todas estas formas de intimidad contemporánea. Pero eso lo dejaré para otro texto.
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