Opiniones sobre libros, series y películas

Si bien abrí este blog hace 9 años, para compartir reflexiones sobre diferentes temas, hoy me doy cuenta que lo ideal es aprovechar este espacio para compartir mis opiniones sobre los libros que leo, así cómo series y películas relevantes. Pues, al final mucho de ellas son espejos que nos permiten explorar esas ventanas de cómo nos vemos. Con esto busco dar ideas a las personas que buscan qué leer o ver y poder dialogar sobre estos.

viernes, 15 de mayo de 2026

Sobre porque no prestar libros

Ya he escrito antes sobre cómo los libros me han salvado la vida. Han sido compañeros en momentos de soledad, aviones hacia lugares a los que quizá nunca llegaré, terapeutas silenciosos, amigos entrañables. Con ellos converso, pienso, cuestiono y construyo ideas. Muchas veces, cuando todo parecía romperse, fueron ellos quienes me sostuvieron.

Hace unos días cometí el error de prestarle algunos de mis libros favoritos a una persona que simplemente dejó de responder. Todo parece indicar que no me los regresará. Y aunque pueda sonar exagerado para algunos, me duele profundamente.

Ayer publiqué en X: “Atento recordatorio: no presten libros”. Decenas de personas respondieron con historias parecidas: libros perdidos, préstamos eternos, ediciones imposibles de recuperar. Casi todos coincidían en algo: hay que tener una política de no prestar libros.

Y eso me hizo pensar no solo en nuestra relación con los libros, sino en nuestra relación con los libros ya leídos.

En mi caso, a diferencia de muchos coleccionistas que prefieren mantenerlos intactos, yo los subrayo, los lleno de post-its, escribo notas en los márgenes y dejo preguntas entre sus páginas. Mis libros están intervenidos por mi vida. Son una conversación permanente entre lo que el autor escribió y lo que yo pensé mientras lo leía.

Supongo que la diferencia entre un libro nuevo y uno leído se parece mucho a la diferencia entre conocer a una persona y construir una relación con ella. Mientras leo, establezco un vínculo intelectual y emocional con el libro: dialogo con él, debato, me obsesiono con ciertas frases, dejo que algunas ideas me persigan durante días. Los libros, como las personas, terminan transformándonos.

Porque leer, al menos para mí, nunca ha significado acumular páginas o consumir palabras. Creo fervientemente —como dice Luna Miguel— que la lectura por sí sola no es una virtud si detrás no existe pensamiento crítico y analítico. Leer sin cuestionar sería aceptar las ideas ajenas como dogmas; sería seguir pensamientos prestados sin detenernos realmente a pensar.

Y eso inevitablemente me lleva a Hannah Arendt, cuando plantea que uno de los mayores peligros no es solamente la maldad, sino la incapacidad de pensar críticamente. Basta recordar que muchos de quienes participaron en los horrores del totalitarismo eran personas altamente educadas, con doctorados y una enorme formación intelectual. Leer mucho nunca ha sido garantía de humanidad. Pensar sí.

Quizá por eso perder un libro duele tanto. Porque no se pierde únicamente un objeto. Se pierde la conversación que tuviste con él. Las horas compartidas. Las frases que te cambiaron la manera de mirar el mundo. Las preguntas que dejó abiertas. Un libro marcado termina convirtiéndose en una especie de mapa emocional e intelectual de quien lo leyó.

A veces pienso que me gustaría poder hacer lo mismo con las personas que amo: subrayarlas, llenarlas de notas, marcar las partes donde me cambiaron la vida. Porque tanto en los libros como en las relaciones humanas queda algo escrito en nosotros.

Entonces, después de todas estas ideas —que espero hagan sentido—, mi consejo es: no presten sus libros, sobre todo aquellos con los que construyeron una relación intensa y que dejaron huella en ustedes. Y, del mismo modo, procuren no perder a las personas que los hacen pensar, cuestionarse y mirar el mundo de otra manera.

Supongo que los libros tienen una ventaja frente a las relaciones humanas: rara vez se alejan de nosotros por voluntad propia. Solo circunstancias extremas —una guerra, un desastre natural, una pérdida inevitable— logran separarnos de ellos. Las personas, en cambio, a veces simplemente se rompen y se van.

Lo digo desde un corazón que ama los libros porque, más de una vez, ellos, como dije, nos han salvado de la tristeza, de la pérdida, del desamor y de sí misma. A veces pienso que no exageramos cuando decimos que ciertos libros nos salvaron la vida. Algunas veces, de verdad lo hicieron, entonces guardémoslos como tesoros. 

martes, 12 de mayo de 2026

Otra vez los libros me salvan

Me sostienen cuando todo parece demasiado ruidoso, demasiado incierto, demasiado doloroso. Hay algo profundamente humano en abrir una página y descubrir que alguien, en otro tiempo y en otra vida, sintió algo parecido a lo que una siente ahora. Como si las palabras construyeran un pequeño refugio contra el caos.

Los libros me recuerdan que el mundo no termina en una tristeza, en una pérdida o en una noche difícil. Que siempre existe otra mirada, otra historia, otra posibilidad. A veces no curan, pero acompañan. Y en ciertos días, ser acompañada ya es una forma de salvarse.

Me salvan porque me permiten habitar otros cuerpos, otras ciudades, otras memorias. Porque mientras leo, el dolor deja de ocuparlo todo. Porque hay frases que llegan justo cuando una cree que ya no tiene fuerzas y, sin hacer ruido, acomodan algo por dentro.

También me salvan de mí misma: de los pensamientos que se repiten, de la ansiedad, de la sensación de vacío. Leer me devuelve una versión más suave del tiempo. Me obliga a respirar distinto, a detenerme, a escuchar. Cada libro termina convirtiéndose en una conversación íntima con alguien que quizás nunca conoceré, pero que de alguna manera me entiende.

Y pienso que tal vez por eso sigo volviendo a ellos. Porque cuando las personas se van, cuando las certezas se rompen o cuando la realidad pesa demasiado, los libros siguen ahí: esperando con paciencia infinita. Como una casa encendida en mitad de la tormenta.

lunes, 11 de mayo de 2026

Ausencias: de lo físico a lo digital

Uno de mis libros favoritos es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Leerlo fue una especie de epifanía para mí. Yo, que durante años he buscado respuestas en la espiritualidad, siempre he tenido una relación compleja con la muerte —aunque esa es historia para otro texto. Pero para narrarles un poco, no me causa angustia a dónde iremos  

Entonces apareció Didion narrando la muerte de su esposo no desde el dramatismo, sino desde la ausencia cotidiana. Y eso me atravesó por completo. Ella escribía, por ejemplo, sobre el impulso de querer enseñarle un texto para que él lo revisara, o sobre el reflejo automático de pensar en llamarlo por teléfono. Esa forma de explicar el duelo me hizo muchísimo sentido.

He tenido suerte: no son tantas las personas cercanas que he perdido. Pienso en mis dos abuelas, que me marcaron de maneras muy distintas. Pero mi abuela paterna fue, sin duda, la figura femenina más importante de mi vida —si es que esas categorías realmente existen. Me enseñó la bondad, la inteligencia y cierta forma valiente de habitar el mundo.

Y, como plantea Didion, lo que más extraño de ella no son los grandes acontecimientos, sino las cosas pequeñas: jugar cartas, reírnos, comer fruta juntas, discutir sobre política o sobre el mundo, y sentir que siempre tenía fe en mis causas, incluso en las más improbables.

A veces me pregunto cuánto de esa teoría de la ausencia puede trasladarse a la muerte de una relación amorosa. Ya sé: una pareja no está muerta, existe en alguna parte y podrías volver a encontrarla. Pero el sentimiento de ausencia puede sentirse igual de devastador. Es un vacío físico, una especie de hueco en el estómago que cuesta muchísimo explicar.

Y aquí quiero entrar a un tema quizá un poco controversial. Aunque, siendo honestos, no creo que demasiada gente lea este blog, así que aprovecharé para decir lo que pienso.

¿Qué pasa hoy con las ausencias digitales?

Porque gran parte del acompañamiento emocional contemporáneo sucede a través de una pantalla: ese mensaje especial antes de dormir, las conversaciones profundas —aunque no recomiendo abrir el alma demasiado rápido a alguien que apenas conoces—, las rutinas compartidas, los memes, las risas, las notas de voz, las fotografías espontáneas. Y en mi caso, también, la búsqueda de una conexión intelectual profunda.

Entonces pienso en la famosa taza de Didion, esa taza que le dolía porque ya nunca volvería a ser usada por su esposo. Y me pregunto si hoy nuestros celulares funcionan un poco como esas tazas. Abrimos conversaciones antiguas, buscamos un mensaje específico, releemos palabras que ya no volverán a llegar. Los teléfonos se convierten en pequeños archivos de ausencias.

Hoy tuve una conversación larguísima sobre la corporalidad. Una persona muy seria de la psicología sostenía que una conexión espiritual verdadera solo puede construirse desde la presencia física, desde el cuerpo.

Y no estoy segura de creerlo.

Yo sí pienso que dos almas pueden encontrarse desde la intelectualidad, desde las palabras, desde la imaginación compartida. El cuerpo importa, por supuesto. Y también habría que hablar del sexo, de cómo atraviesa todas estas formas de intimidad contemporánea. Pero eso lo dejaré para otro texto.

Escribe

 Escribe, escribe, escribe hasta que el corazón sane.

Escribe aunque las palabras salgan rotas, aunque parezcan repetirse, aunque hoy todo sea rabia, tristeza o confusión. Escribe lo que no pudiste decir, lo que dijiste demasiado tarde y lo que todavía pesa en el pecho como una piedra.

Escribe porque a veces el dolor necesita un lugar donde existir sin desbordarte por dentro. Porque hay heridas que no se entienden pensando, sino nombrándolas una y otra vez hasta que dejan de arder.

Escribe sobre lo que amaste, sobre lo que imaginaste, sobre la decepción de descubrir que alguien no podía sostener lo que despertó en ti. Escribe también sobre ti: sobre la mujer que se atrevió a sentir, a confiar, a abrir sus vulnerabilidades incluso con miedo.

Y un día, casi sin darte cuenta, volverás a leer esas páginas y notarás que algo cambió. Que ya no tiemblas igual. Que hay recuerdos que dejaron de doler como cuchillos y se volvieron apenas cicatrices.

Porque escribir no borra lo vivido, pero sí ayuda a acomodarlo dentro del alma. Y a veces, cuando el corazón no sabe cómo seguir, escribir es la manera más suave de no abandonarse a una misma.

domingo, 10 de mayo de 2026

Día de las madres 2026

Este año vivo el Día de las Madres con más gratitud y más aprendizajes que nunca. Conforme pasan los años, la conexión con mis hijos se vuelve más profunda, más cercana y más significativa.

Desde que dejé de trabajar de tiempo completo, nuestra relación se ha fortalecido muchísimo. Hemos creado espacios para pláticas mágicas donde puedo ver crecer su curiosidad y su manera de entender el mundo. Hace tiempo leí un libro de UNICEF sobre la importancia de hablar con los niños sobre los sucesos actuales —siempre desde el cuidado y acorde a su edad— y eso abrió conversaciones increíbles: desde el Mencho hasta Trump, las políticas migratorias o Irán. Escuchar sus argumentos, preguntas y reflexiones ha sido de las cosas que más disfruto de ser mamá.

Pero no todo es seriedad. También hablamos de futbol. El eterno debate sobre quién es mejor, si Ronaldo o Messi, se ha vuelto parte de nuestra rutina. Vemos goles, discutimos jugadas y hasta coleccionamos juntos el álbum Panini. Son momentos simples, pero profundamente felices.

Y sí, aunque mucha gente lo critique, todas las noches terminan pasándose a mi cama, buscando estar lo más cerca posible de mí. Y la verdad es que yo también disfruto esos instantes de abrazos, calor y compañía al dormir.

Claro que no todo ha sido fácil. Criar a tres niños es un reto enorme. Todos los días se les ocurre algo nuevo e inimaginable. A veces los juegos de manos parecen escenas de villanos y seguimos trabajando muchísimo en enseñarles a relacionarse sin golpes y con más paciencia.

También he aprendido algo importante: no todos los niños aprenden al mismo ritmo. A veces alguno necesita más apoyo, más tiempo o acompañamiento distinto, y como mamá eso puede ser difícil de aceptar al principio. Pero también me ha enseñado a mirar a cada hijo desde su propia individualidad, sin comparaciones y con más empatía.

Y aun con todos los retos, cada día veo en ellos algo que me llena el corazón: una enorme capacidad de amar, solidaridad entre hermanos, risas interminables y una felicidad contagiosa.

Niños, si algún día leen esto, quiero que sepan algo: ustedes cambiaron mi vida. La hicieron más luminosa, más divertida, más humana. La llenaron de color, de caos bonito y de risas infinitas.

Gracias por convertirme en su mamá. 🤍

martes, 28 de abril de 2026

El cuerpo que insiste: crónica de dolor, rabia y resistencia

Hoy es un día soleado de abril en la Ciudad de México. La ciudad se cubre de jacarandas: árboles morados que pintan el paisaje y la vuelven especialmente bella. El clima suele ser amable, cálido sin exceso. Todo parece propicio para un buen día.


Yo estoy en cama. Suena el teléfono con un mensaje: una amiga me pregunta cómo estoy. Tardo en responder, no por distracción, sino porque no sé qué decir. La verdad es que me siento muy mal. Apenas puedo mover las piernas, tengo un dolor intenso en la espalda, la cabeza me retumba, las náuseas no ceden y cualquier sonido se amplifica. Es una amiga cercana, pero me pregunto qué gano diciéndole que, otra vez, caí en una crisis de dolor crónico.


Llevo veinte años conviviendo con este dolor. Antes de continuar, quiero reconocer que lo vivo desde un lugar de privilegio: he podido acceder a médicos y cuento con una red de apoyo encabezada por mi papá, mi hermano, mi difunta abuela paterna —que en paz descanse— y mis amigos. No puedo imaginar lo que enfrentan tantas mujeres que atraviesan estas condiciones sin ese respaldo, en un país donde la medicina con frecuencia se distancia de la humanidad.


¿Cómo empezó todo? En la universidad, con migrañas incapacitantes. Había días en los que debía salir de clase, encerrarme en el coche y cubrirme los ojos para soportar el dolor. El camino “natural” fue acudir a un neurólogo. La primera respuesta —porque, sí, el patriarcado también atraviesa la medicina— fue vincular mis migrañas con la depresión.


Cuando hablo de patriarcado, me refiero a un sistema de sesgos de género, históricamente androcéntrico, que ha tomado al cuerpo masculino como medida universal de salud y enfermedad, invisibilizando las particularidades del cuerpo femenino. Un ejemplo ampliamente documentado es el de los infartos: durante años se estudiaron principalmente en hombres, definiendo sus síntomas como universales e ignorando cómo se presentan en las mujeres, lo que ha contribuido a diagnósticos tardíos y mayores tasas de mortalidad en ellas. 


En ese mismo marco patriarcal, el dolor de las mujeres suele minimizarse, atribuirse a causas psicológicas o considerarse “normal” (y podríamos hacer un análisis más profundo de estas creencias, pero no terminaríamos).


Así comenzó mi propio viacrucis. Fui derivada a psiquiatras y psicólogos; ninguno logró aliviar las migrañas. Recibía recomendaciones que rozaban el estereotipo: “necesitas distraerte, salir a bailar”. ¿Cómo hacerlo cuando no toleras la luz ni el sonido? Una vez más, la responsabilidad parecía recaer en mí.


Consultamos a numerosos médicos (neurólogos, internistas, lo que fuera). No todos fueron negativos: recuerdo a una doctora que proponía registrar la alimentación para identificar detonantes. 


Sin embargo, apareció otro patrón: cuando el dolor no se puede ignorar, se sobremedicaliza. Otro reflejo de los sesgos de género: ante la falta de investigación en los cuerpos de mujeres, se prioriza aliviar el síntoma con fármacos en lugar de buscar sus causas estructurales. Me recetaron tratamientos muy agresivos, entre ellos amitriptilina. Fue el inicio de otra etapa difícil: somnolencia constante, aumento considerable de peso y, lo más grave, sin mejoría del dolor. Ese año pasé seis meses enteros en un cuarto oscuro.


En una crisis especialmente intensa viví otro episodio de violencia médica. Ante el dolor, mi papá y yo acudimos de inmediato al hospital. Al llegar, una doctora me valoró y observó que en mis estudios aparecían, de forma persistente, glóbulos blancos ligeramente elevados sin una causa clara. Sugirió la posibilidad de leucemia —lo que nos asustó profundamente— y recomendó realizar una punción lumbar para descartarla.


La punción lumbar es un procedimiento en el que se introduce una aguja en la parte baja de la espalda para extraer líquido cefalorraquídeo. Es doloroso, pero lo más difícil es el después: requiere reposo absoluto para evitar un dolor de cabeza severo. Recuerdo que, aun con migraña, la doctora me dijo en tono burlón que, si seguía quejándome, me haría otra punción. Es algo que no he olvidado.


Más adelante, por los elevados glóbulos blancos, surgió la hipótesis de una enfermedad autoinmune. Acudí con una reumatóloga y comenzó otra etapa: estudios interminables, algunos enviados al extranjero, extracciones de sangre semanales por meses. Mis brazos terminaron cubiertos de moretones.


Finalmente, tras descartar causas inmunológicas, llegó un diagnóstico clínico: fibromialgia. Se trata de un trastorno crónico caracterizado por dolor muscular generalizado, fatiga, alteraciones del sueño y dificultades cognitivas. No produce daño visible en los tejidos, pero afecta profundamente la calidad de vida. Es, además, una enfermedad predominantemente femenina: entre el 75% y el 90% de los casos se presentan en mujeres.


Sus causas no son del todo claras. Se considera multifactorial: implica alteraciones en la forma en que el sistema nervioso procesa el dolor, junto con factores genéticos, estrés físico o emocional, infecciones o traumas. No es inflamatoria ni autoinmune, y no tiene una causa única identificable.


Aquí aparece otra paradoja en una enfermedad primordialmente de mujeres llama la atención el papel de los factores emocionales y el trauma, pero con frecuencia esto se traduce en responsabilizar a las mujeres por “no saber manejar” sus emociones.


Fui diagnosticada hace doce años. Probé múltiples tratamientos hasta encontrar a un médico que logró acompañarme mejor y que, además, identificó otra condición: disautonomía. Poco a poco fui armando el rompecabezas. Aquí quiero hacer el reconocimiento a dos doctores que siempre me creyeron y lucharon para encontrar soluciones: Moisés Mercado y Edilberto Peña, muchas gracias. 


Las migrañas casi desaparecieron y la fibromialgia se volvió más esporádica: dos crisis al mes que implicaban, eso sí, días enteros en cama.Hasta hace ocho semanas todo estaba relativamente bajo control.


Hoy ya no soy aquella universitaria: soy madre de tres hijos pequeños. Mi vida exige energía constante. Sin embargo, como un intruso silencioso, el dolor volvió: la fibromialgia y las migrañas reaparecieron con fuerza. Ejercer la maternidad en estas condiciones es profundamente desafiante. ¿Cómo enseñar a los hijos a respetar el dolor sin que lo vivan como abandono? ¿Cuánto deben saber? ¿Cómo construir empatía sin generar angustia? Son preguntas abiertas, y también profundamente inquietantes.


Recientemente, un nuevo reumatólogo sugirió la posibilidad de que podía padecer una condición genética relacionada con las extremidades, que curiosamente tienen dos de mis primos. El siguiente paso es acudir con un neurólogo por las migrañas y ortopedista para las extremidades. 


Aun así, en una consulta reciente, otro médico volvió a insinuar que todo podía ser depresión. Contuve la rabia. Pensé en lo que plantea Soraya Chemaly en Rabia somos todas: cómo, desde niñas, se nos enseña a reprimir el enojo por considerarlo impropio, y cómo ese silencio termina, a veces, somatizándose. Me propongo no volver a permitir ese trato: transformar esa rabia en una forma de exigir respeto.


Esta es la historia de veinte años de dolor, atravesada por prejuicios, estereotipos, misoginia y una práctica médica que, con frecuencia, olvida la dimensión humana. Y deja una pregunta abierta: ¿por qué no exigimos un trato digno, si lo merecemos?


Escribo esto también para quien vive con dolor crónico y se siente sola: no lo está. Comparto mi espacio en Instagram, @loslibrosqueleeisaerre, donde quiero abrir conversaciones sobre el dolor, la medicina y la maternidad vivida desde el cuerpo que duele.


Y, por último, pero sobre todo, gracias, papá, por no soltarme la mano y por no rendirte cuando yo ya estaba a punto de hacerlo.


jueves, 4 de agosto de 2022

Los mejores años: cómo con un libro ligero puedes reflexionar profundamente


Esta novela que rompió récords en EEUU me llegó para cuestionar mi racismo, clasismo, pero sobretodo mi relación con las niñeras de mis hijos 

Cuenta la historia de la Sra Chamberlain y su niñera Emira Tucker. Que empieza una noche cuando la Señora por la noche llama Emira, quien estaba en medio de una fiesta, fuera a cuidar a su hija. Y por el color de su piel es acusada de secuestro. Muestra cómo dónde en la detención la borran totalmente. 

 

Cuenta la historia de Alix una mujer blanca, que vivía en el privilegio donde antes de que les llamáramos influencers, ella lo era. Pues escribía reseñas de productos y lugares en su blog, recibiendo cosas gratis por esto. Luego gracias a cursos que implemento en Hunter College se volvió una verdadera influencer, después que una alumna pone su Instagram con llamativos hashtags en IG. Y logra hacer se IG y su página volviéndose famosa. Su perfecta vida se ve afectada cuando por una acción en su noticiero lo acusan de racista. Creo que es un libro que te cuestiona quienes son los influencers, cómo nacen, cómo se mantienen y cómo reproducen desigualdades. 

 

Creo muestra el lado siniestro de las cartas de admisión a las universidades estadounidenses donde te vuelves una mercancía y necesitas a alguien que te ayude a saberte vender. 

 

Cuestiona la maternidad desde el privilegio. Y cómo vendemos el papel de “súper mamás” muchas veces. Y esto da resultados siniestros. Me recordó una vez que recibí una llamada de una amiga que me hizo pensar. Me decía preocupada que cuando alguien me había preguntado en redes porque leía tanto, solo dije que por licencia de maternidad, sin contar la red de apoyo que tenía: mi papá y hermano, y 2 personas que trabajan ejerciendo quien ejercen labores de cuidado en mi casa. Y desde ahí cuando alguien me pregunta cómo le hago para leer tanto mi respuesta es: es mi espacio de autocuidado gracias a que tengo una comunidad de apoyo para criar a mis 3 hijos. En este sentido @malasmadres han hecho una labor extraordinaria para mostrar esto. 

 

Por su parte, narra la historia de Emira que viene de una pequeña ciudad de Maryland con un alto porcentaje de personas sordas. Se fue a estudiar a Filadelfia donde desde su llegada fue víctima de racismo, esto siendo un importante obstáculo para su incorporación al mundo laboral. 

 

Narra esa relación que se da entre madre y persona que realiza las labores de cuidado: culpa, codependencia. Y más cuando la persona empleadora se obsesiona con tener una amistad con la cuidadora, y que esta tenga una buena imagen de ella. 

 

Después de la detención arbitraria de Emira esta culpa se acrecienta y le ofrece abogados, que rechaza. La obra retrata los ires y venires entre niñeras (canguros) y madres. Hay una frase muy interesante que dice que si bien es raro hay personas que pagan a otras para que actúen como si fueran esa familia eso no significa que no sea una transacción. 

 

En ese línea es lo más interesante pensamos que estamos salvando a alguien o ayudando a alguien cuando estas personas realmente no tienen otra opción de empleo que es únicamente una forma pues sería como de pornografía de la caridad porque lo que buscas es así que tú te sientas bien y realmente no te importan las personas que se benefician de esto. Llego en amento de una amiga le dice a la mamá literal creo que eres lo mejor que le ha pasado nunca esa chica deberías intervenir en subirá en todo lo que puedas en mi opinión siendo lo más maternalista y clasista. 

 

También retrata de forma genial lo que significa hacer un acto y como las reacciones son diferentes de acuerdo a tu color de piel como se vive con eso. También es interesante contrastar las relaciones entre mujeres blancas de cierta clase social con las mujeres racializadas de otro grupo socio demográfico. Abordando qué significa la movilidad social. 


La novela también narra la historia romántica de Emira con Kelley y el desarrollo de esta relación que se entrelaza con la madre de la niña que cuida. ¿Cuando el racismo se vuelve fetichismo? Y acaba en un juego de quién es menos racista.