Este libro que se volvió uno de
mis preferidos te cuestiona sobre los
feminismos, el amor, el matrimonio desde el patriarcado y capitalismo. En
épocas donde las conversaciones sobre el amor, las relaciones y la sexualidad
cada vez son más frecuentes es necesario entender de dónde venimos, de qué
hablamos y hacia dónde vamos para construir y cambiarlo es necesario verlo
desde otros lugares.
Tamara
lo hace desde su historia como una joven de Buenos Aires, de clase media y
perteneciente a una comunidad judía ortodoxa que se animó a abandonar para
perseguir su propio deseo por fuera de lo escrito por siglos de culturas
patriarcales moldeado muchos destinos. La autora traza una línea
transgeneracional y situada en el corazón de un barrio llamado Once en él que
abuelas, madres y jóvenes repiten un esquema el cual ella debe decide desviarse
en busca de su propio deseo: estudiar, trabajar, escribir y salir con chicos no
judíos, etc. En este viaje se encuentra con un nuevo universo de
estructuras heteronormadas mucho más sutiles que las que conocía, pero no por
ello menos limitantes. En este acto experimenta y genera sus propios
marcos de referencia para construir un feminismo como herramienta para entender
el mundo y sobrevivir con alegría en él. La autora se sumerge en la
incomodidad que supone ser feminista habiendo sido criada en las bases del
patriarcado con la mirada puesta en lo masculino y los privilegios de estos.
Tamara entiende que ese asunto no es meramente individual, sino que tiene una
imperativa colectiva.
Los
conceptos de qué es el querer, la normalización de ciertas violencias que se
hacían pasar por amor y el sexo dejando de ser tabú donde sólo algunas personas
pueden disfrutar están en conversación constante de nuestras cabezas, charlas
con amigxs y medios de comunicación. En este sentido, las que no sabemos
“dejarnos llevar” escribe la autora, pensar y escribir sobre estas cuestiones
es una forma de acompañarnos.
La
autora señala cómo desde el feminismo hablamos a la necesidad de deconstruir el
amor romántico y la familia tradicional a veces parece que pensáramos que son
parte de lo mismo pero la historia de estas dos instituciones es más compleja.
Argumentando que la historia de estas dos instituciones es más compleja y esto
nos ayuda a las mujeres del siglo XXI entender por qué no se es mucho más
difícil quitarnos de encima la idea del amor romántico que del matrimonio.
Lo que hoy consideramos amor romántico, la idea de qué una pareja debe ser
fundada solamente en la atracción mutua y libre de 2 personas que son la una
para la otra la más importante es una institución jovencísima comparada con su
institución tatarabuela: el matrimonio. La autora cita el libro de
historia del matrimonio de Stephanie Coontz que reconstruye la institución
matrimonial. Su objetivo es mostrar que la idea de casarse por amor era
considerada una ridiculez. Haciendo un recorrido histórico muy interesante que
recomiendo leer. La autora señala que reconocer que hay una ruptura
entre los conceptos de amor romántico y el matrimonio es importante para mirar
que liberarnos de uno no significa sacarnos de encima el otro. Son movimientos
distintos con costos distintos y con dudas distintas. La idea de
matrimonio surge desde el sedentarismo y está relacionado con valores
colectivos. Mientras el relato del amor romántico se relaciona con el
desarrollo de la modernidad y con las ideas de individualidad, y libertad.
En este sentido, con el amor romántico surge la idea del amor prohibido, que
vemos desde Romeo y Julieta hasta las telenovelas de Thalía. El individuo
enamorado se recorta el grupo social al que pertenece y el amor produce el
reconocimiento del individuo como tal. Ese individuo ya no vale por la
cultura que representa, por la familia en la que nacido o por los valores que
se le han enseñado, nada de eso importa, el amor sobre toda la diferencia
social. El amor romántico es un efecto de la subjetividad moderna pero
no sólo eso podríamos decir que la produce y la refuerza al cuestionar las
instituciones tradicionales como la familia el clan o la patria. El amor
tiene el potencial de volvernos mucho más especiales y distintos que nuestros
apellidos o procedencias pero también divide y no separa de aquello que se
suponía que éramos o debíamos ser. Con esta retórica, se desvincula el
amor con el dinero, siendo esto una de las falacias más grandes.
Parte del trabajo de deconstrucción que hay que hacer sobre
el amor romántico implica visibilizar que está disociación entre el amor y la
economía es una ficción ideológica en el sentido más literalmente marxista que
oculta en las relaciones de poder subyacentes. Cuando las economistas feministas dicen “eso que llaman
amor es trabajo no pago” en referencia las tareas de cuidado que recaen sobre
las mujeres están hablando de esto. La mujer se sacrifica por amor no lo
hace en el vacío lo hace en el contexto en el cual aparentemente el amor es el
único camino posible que tiene para una vida con sentido, hacia la
trascendencia. En cambio, el varón trasciende a través de su creación,
de su trabajo productivo, de su poder de conquista. Por eso una mujer puede
hacer infinitas cosas, pero si no tiene un amor socialmente será reconocida
como vacía como su qué sujeto incompleto. De aquí la autora hace un
recorrido cómo empiezan a cambiar las expectativas de pareja a través de los
años, hasta el día de hoy donde se aceptan diferentes parejas y no hay tanto
tabú social.
También
aborda cómo el discurso de pareja como trabajo está en todas partes. Una pareja
ya no es algo dado que se hace y sostiene sólo, hay que mantener la pasión, hay
que comunicarse, aunque una esté cansada o superada por actividades cómo el
cuidado, trabajo o ambas. Habla de la presión constante para tener
pareja y la ansiedad que eso causa. La autora señala como las feministas de la
1a generación cómo Betty Friedman mostraron cómo el patriarcado propone modelos
de felicidad p.e. ser esposa y madre es el único camino para una buena vida.
"El
patriarcado no se mete solamente con nuestras conductas se mete también con
nuestros deseos nuestros sueños y nuestras aspiraciones." En este
sentido, en los deseos de una pareja, el capitalismo ya no nos habla de la idea
del sacrificio femenino por el hogar o por el amor, si no se nos habla del
esfuerzo del trabajo y hasta el mérito de mantener una pareja. A esto se
suma un contexto donde hay vínculos fríos debido a la precariedad laboral que
vivimos, así como la descomposición de viejos lazos familiares y comunitarios
pone una presión enorme sobre la pareja cómo uno de los únicos pocos puntos de
apoyo que quedan de pie. Tu pareja de pronto debe satisfacer todas tus
necesidades tiene que ser tu mejor amigo, tu confidente, tu semental, tu
compañero de viaje. No hay cosa que no puedas hablar con él, ni lugares a los
que prefieras ir con otra persona, es todo tu universo. La armonía
conyugal que antes era un mandato moral se reciclo como parámetro de éxito.
Cambia los roles de género o ya parecen algo más velados ya no se trata sólo de
criar hijos lindos en una familia de buenas costumbres. Aparecen las demandas
de placer y de la recreación.
La
autora habla del escrutinio permanente en el que vivimos por el bienestar
especialmente en las redes sociales que es una fuente inagotable de ansiedad.
Lo cual nos cansa, pero también nos hace sentir culpables por sentirnos
cansadas. La autora plantea que el feminismo no consiste en cuestionar
el deseo de las otras, si no el propio, aunque sea doloroso, sobre todo cuando
las sensaciones que eso que anhelamos no nos está haciendo bien.
La
autora cuestiona la monogamia que puede tener un montón de ventajas y virtudes,
pero qué tan probable es que nos funcione a todas habiendo tanta diversidad de
disposiciones sexuales afectivas y personales. Si entendemos la
monogamia en términos estrictos con una pareja sexo afectiva para toda la vida,
ya casi nadie la vive así, cómo explicaba Deborah Anapol, psicóloga clínica y
una de las fundadoras del movimiento del poliamor en los 80. La mayoría
de las personas que hoy se identifican como monogámicas, practican lo que ya
llama como monogamia serial múltiples relaciones monogámicas sucesivas
complementas con algún affaire secreto cada tanto.
Recuerda como en la perspectiva del feminismo marxista hay
una relación muy estrecha entre la monogamia y la opresión, Argumentando que la
dominación por el hombre en el hogar era tampoco natural como la del
capitalista sobre los obreros. La
dominación de la mujer indica la autora por parte del varón, fueron
reconstruyendo las investigadores feministas no era ni una verdad universal ni
una historia lineal. De hecho se presume que en algunas sociedades de
cazadores recolectores del neolítico la caza de animales pequeños y recolección
que en general llevaba a cabo las mujeres era más importante para la
supervivencia de la tribu de animales grandes tarea exclusivamente masculina.
La monogamia vino con el sedentarismo. e impuso restricciones la exigencia de
la virginidad antes del matrimonio, exclusividad una vez contraído el
matrimonio y disposición permanente para su esposo. Este control de la
sexualidad no es un accesorio ,ni una casualidad, ni una necesidad biológica o
natural como sostuvieron algunos, sino que es una condición histórica y
política que fue instrumental para la dominación política y económica de las
mujeres por parte de los hombres. Esta escala de valores se manifestó en
fenómenos históricos documentados Ej. en Caliban y la bruja Silvia Federici
sostiene que la persecución de las brujas en Europa y el nuevo mundo es un
factor clave para la construcción del capitalismo moderno.
Desde
acá las mujeres ya no estamos seguras. El patriarcado nos recomienda que nos
consagramos a un varón para evitar la violencia de todos los demás. La
monogamia heterosexual nos ofrece protección. Lo curioso es que las
estadísticas actuales no coindicen pues datos de OSC de Argentina (que
coinciden con otros países de la región) muestran que el 61% de los asesinos de
mujeres eran la pareja o ex pareja de la mujer. ¿Entonces no que nos iban a
proteger? Propone como alternativa el amor libre que define como
desprenderse de la convicción de que ese otro nos pertenece.
Nos
hace mirar que a veces consideramos como el único modelo de libertad sexual es
el asimétrico consumista que nos ha mostrado la masculinidad hegemónica
creyendo que esta es una acción feminista. Nosotras controlando todo y
mintiéndole a los demás usándolos. Pero esa voluntad de dominio sobre
los demás no tiene nada de feminista ni de amor disruptivo. La autora señala
que cualquier vínculo real implica poner en jaque el egoísmo.
La
autora señala que pensar en la pareja contemporánea le produce dos tipos
distintos de frustraciones. La 1era lo complicado 1ue es reconocer hasta qué
punto las mujeres todavía estamos gobernadas por normas que nos subordinan
política y económicamente. Y salir de los lugares en los que a veces
nosotras mismas alimentamos y reforzamos porque nunca tuvimos tiempo espacio ni
dinero para aprender a hacer otra cosa. La 2da frustración son los
nuevos problemas los que los que vienen con las nuevas tecnologías del modo que
nuestras identidades se construyen cada vez más en el mercado y las formas en
que la lógica de la aspiracionalidad y el consumo invade en cada rincón de
nuestras vidas.
En
este sentido la autora aborda cómo la tecnología ha potencializado el mercado
del deseo, narrando la evolución de internet donde antes era para conocer gente
lejos y ahora se utiliza de otras maneras que causan ansiedades. Para
buscar pareja con las apps, para mantener contacto con la pareja, todo esto
observa causa ansiedad pues muchas veces las mujeres por la exigencia social de
encontrar pareja, les causa ansiedad el ghosteo y expectativas. Habla de
la "ética de belleza" (citando a Naomi Wolf) impuesta por la tecnología
e influencers, para vincularlo con salud y hasta trabajo, donde existe una
gordofobia espantosa.
Habla
de la importancia de la educación sexual qué hable y tome en cuenta el placer
conversar sobre el deseo femenino es clave para educar a mujeres hombres libres
y con herramientas para identificar denunciar y sobrevivir a la violencia
sexual. Me parece interesante que la autora señala que la consigna que
más le gusta de todas de las que circulan en los feminismos argentino “nos
mueven el deseo” porque marca un camino diferente al de la venganza, de la demanda
protección que muchas veces infantiliza y nos revictimiza. La autora
aborda la cultura de la violación la en la cual señala que ni todos los hombres
son violadores ni cualquier situación de abuso o acoso es equivalente a una
violación y que el ser machista no te hace merecedor de un castigo penal.
Citando a Audrey Lorde dice que “con las herramientas del amo no vamos a
desarmar en la casa.” Dice que es importante reconocernos todavía
feministas y aborda el concepto deconstrucción que viene del filósofo francés
Jaques Derrida. En su vertiente popular deconstruirse significa cuestionar los
mandatos de género. Pero hay un importante elemento que la autora señala
que debemos volver: La deconstrucción no proporciona un sistema de valores
claros con el que ordenar lo que se debe y lo que no se debe hacer no sirve
para separar lo bueno de lo malo y mucho menos a los buenos de los malos.
La
autora habla sobre el consentimiento señalando que no es no pero que algunos sí
son cuando menos dudosos justamente porque el modo en el que aprendemos a tener
sexo está teñido de una ideología compleja y es consecuencia de una cultura en
la que el deseo femenino es tabú. Eso es la cultura de la violación para
poder decir que sí o que no tenemos que poder hablar de sexo pensar en el sexo
y ponerle nombre a lo que sentimos. Lo que no se puede decir no se puede
protestar ni evitar, pero sí se puede sufrir. La autora aborda esto
desde historias individuales hasta estadísticas por ejemplo en América Latina
de acuerdo al informe que presentó Oxfam en 2018 el 87% de las jóvenes creen
que los hombres tienen mayor deseo sexual que las mujeres. De acuerdo al
mismo informe el 65% de los varones de 15 a 19 años están de acuerdo con la
idea de qué las mujeres dicen que no cuando quieren decir que sí.
Tenembaum
plantea que tenemos que estar atentas en que las demandas feministas no sean
captadas por quién quiere sociedades cada vez más punitivas y controladas. Nos
mueve el deseo y ese tiene que ver con nuestro horizonte queremos disidencia,
no queremos orden y represión. Éstos están en varias partes por supuesto
quienes quieran encerrar a todos los negros violadores y que tratan de vender
ese odio como una contribución a la lucha de las mujeres. Están también
quien es con las mejores intenciones pretenden encontrar una fórmula mágica del
consentimiento el santo grial que garantice la imposibilidad de los
malentendidos y las ambigüedades, citando el caso de las universidades de EEUU.
Sin embargo, para la autora hay algo de la obsesión por la palabra mágica “sí”
para encontrar una fórmula estandarizada para distinguir situaciones violentas
de las no violentas que le parece inútil ya está contraproducente. Inútil
porque esa palabra mágica no existe sabemos que ni siquiera el hiper explícito
sí en condiciones de vulnerabilidad o desigualdad es un sí hecho y derecho.
Y contraproducente porque termina planteando la violencia sexual como una
especie de cuestión puramente técnica como si el problema de los varones fuera
encontrar algún tipo de señal secreta infalible de consentimiento. Para
la autora no se trata de fórmulas mágicas sino de qué realmente te importe que
le pasa la otra persona, mirar a la mujer que tienes enfrente. "No
queremos códigos, si no queremos condiciones simbólicas y materiales para
negociar cada uno de los términos de lo que tenemos ganas de hacer. Queremos
que se nos trate como adultos responsables capaces de consentir, desear, tomar
decisiones y darlas a conocer como propias". "Para eso
necesitamos que esas decisiones estén disponibles si mi negativa no va a ser
escuchada no sirve de mucho que aprenda a verbalizarla si no tengo los medios
para mudarme de la casa que comparto con mi violador".
Así
reconoce que ha surgido la venganza como la solución. Por una parte, en América
Latina que piden condenas más duras y bajar de edad de imputabilidad y en un
tipo de intervención con una historia compleja: los escraches, instrumentos de
justicia popular contra la impunidad. El señalamiento público se
transforma en una forma de memoria y autodefensa contra gobiernos que quisieron
borrar horrores de violencia en diferentes países. La autora señala que la
noción de castigo el acento en el señalamiento de culpables antes del cambio
colectivo. Aceptar el relato del escracheo, plantea, es comprar la idea
de qué si marcamos a todos los violentos con una cruz en la frente el problema
queda resuelto es también decidir que nos importa más separar a los buenos de
los malos que revisarnos todos a nosotras mismas. La última pregunta que
plantear tiene que ver con la maternidad. Reconociendo la conciencia que hoy en
día hay sobre tener o no tener hijos y las conversaciones que tienen sobre
esto. Planteando las exigencias y vigilancia que hay sobre ellas por diferentes
medios.
En
relación con el rol del Estado con la maternidad, la autora cita el libro de
Badinter que deja una enseñanza fundamental para acomodar los deseos diversos
de las madres lo que se necesita es un estado presente que ofrezca una variedad
muy amplia de políticas públicas. Licencias largas, pero no sólo eso
licencias de paternidad-con incentivos adecuados para que los varones las
tomen-horarios accesibles para que las madres puedan seguir maternando mientras
trabajan, guarderías y jardines públicos con buenas coberturas horarias y geográficas.
Tamara Tenembaum también habla de la importancia de la crianza en comunidad.
Señalando que los lazos solidarios que podamos tender entre mujeres son
imprescindibles. Concluye "hay que crear las condiciones simbólicas
para nombrar lo que nos violenta en pararlo antes de que sea tarde antes de que
la única pregunta que queda sea la pregunta por el castigo”.