Me sostienen cuando todo parece demasiado ruidoso, demasiado incierto, demasiado doloroso. Hay algo profundamente humano en abrir una página y descubrir que alguien, en otro tiempo y en otra vida, sintió algo parecido a lo que una siente ahora. Como si las palabras construyeran un pequeño refugio contra el caos.
Los libros me recuerdan que el mundo no termina en una tristeza, en una pérdida o en una noche difícil. Que siempre existe otra mirada, otra historia, otra posibilidad. A veces no curan, pero acompañan. Y en ciertos días, ser acompañada ya es una forma de salvarse.
Me salvan porque me permiten habitar otros cuerpos, otras ciudades, otras memorias. Porque mientras leo, el dolor deja de ocuparlo todo. Porque hay frases que llegan justo cuando una cree que ya no tiene fuerzas y, sin hacer ruido, acomodan algo por dentro.
También me salvan de mí misma: de los pensamientos que se repiten, de la ansiedad, de la sensación de vacío. Leer me devuelve una versión más suave del tiempo. Me obliga a respirar distinto, a detenerme, a escuchar. Cada libro termina convirtiéndose en una conversación íntima con alguien que quizás nunca conoceré, pero que de alguna manera me entiende.
Y pienso que tal vez por eso sigo volviendo a ellos. Porque cuando las personas se van, cuando las certezas se rompen o cuando la realidad pesa demasiado, los libros siguen ahí: esperando con paciencia infinita. Como una casa encendida en mitad de la tormenta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario