Ya he escrito antes sobre cómo los libros me han salvado la vida. Han sido compañeros en momentos de soledad, aviones hacia lugares a los que quizá nunca llegaré, terapeutas silenciosos, amigos entrañables. Con ellos converso, pienso, cuestiono y construyo ideas. Muchas veces, cuando todo parecía romperse, fueron ellos quienes me sostuvieron.
Hace unos días cometí el error de prestarle algunos de mis libros favoritos a una persona que simplemente dejó de responder. Todo parece indicar que no me los regresará. Y aunque pueda sonar exagerado para algunos, me duele profundamente.
Ayer publiqué en X: “Atento recordatorio: no presten libros”. Decenas de personas respondieron con historias parecidas: libros perdidos, préstamos eternos, ediciones imposibles de recuperar. Casi todos coincidían en algo: hay que tener una política de no prestar libros.
Y eso me hizo pensar no solo en nuestra relación con los libros, sino en nuestra relación con los libros ya leídos.
En mi caso, a diferencia de muchos coleccionistas que prefieren mantenerlos intactos, yo los subrayo, los lleno de post-its, escribo notas en los márgenes y dejo preguntas entre sus páginas. Mis libros están intervenidos por mi vida. Son una conversación permanente entre lo que el autor escribió y lo que yo pensé mientras lo leía.
Supongo que la diferencia entre un libro nuevo y uno leído se parece mucho a la diferencia entre conocer a una persona y construir una relación con ella. Mientras leo, establezco un vínculo intelectual y emocional con el libro: dialogo con él, debato, me obsesiono con ciertas frases, dejo que algunas ideas me persigan durante días. Los libros, como las personas, terminan transformándonos.
Porque leer, al menos para mí, nunca ha significado acumular páginas o consumir palabras. Creo fervientemente —como dice Luna Miguel— que la lectura por sí sola no es una virtud si detrás no existe pensamiento crítico y analítico. Leer sin cuestionar sería aceptar las ideas ajenas como dogmas; sería seguir pensamientos prestados sin detenernos realmente a pensar.
Y eso inevitablemente me lleva a Hannah Arendt, cuando plantea que uno de los mayores peligros no es solamente la maldad, sino la incapacidad de pensar críticamente. Basta recordar que muchos de quienes participaron en los horrores del totalitarismo eran personas altamente educadas, con doctorados y una enorme formación intelectual. Leer mucho nunca ha sido garantía de humanidad. Pensar sí.
Quizá por eso perder un libro duele tanto. Porque no se pierde únicamente un objeto. Se pierde la conversación que tuviste con él. Las horas compartidas. Las frases que te cambiaron la manera de mirar el mundo. Las preguntas que dejó abiertas. Un libro marcado termina convirtiéndose en una especie de mapa emocional e intelectual de quien lo leyó.
A veces pienso que me gustaría poder hacer lo mismo con las personas que amo: subrayarlas, llenarlas de notas, marcar las partes donde me cambiaron la vida. Porque tanto en los libros como en las relaciones humanas queda algo escrito en nosotros.
Entonces, después de todas estas ideas —que espero hagan sentido—, mi consejo es: no presten sus libros, sobre todo aquellos con los que construyeron una relación intensa y que dejaron huella en ustedes. Y, del mismo modo, procuren no perder a las personas que los hacen pensar, cuestionarse y mirar el mundo de otra manera.
Supongo que los libros tienen una ventaja frente a las relaciones humanas: rara vez se alejan de nosotros por voluntad propia. Solo circunstancias extremas —una guerra, un desastre natural, una pérdida inevitable— logran separarnos de ellos. Las personas, en cambio, a veces simplemente se rompen y se van.
Lo digo desde un corazón que ama los libros porque, más de una vez, ellos, como dije, nos han salvado de la tristeza, de la pérdida, del desamor y de sí misma. A veces pienso que no exageramos cuando decimos que ciertos libros nos salvaron la vida. Algunas veces, de verdad lo hicieron, entonces guardémoslos como tesoros.
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